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La enseñanza online y presencial desde el punto de vista del docente.

De la noche a la mañana, quienes nos dedicamos a la enseñanza e impartíamos clases de manera presencial tuvimos que tomar una decisión; o trabajar online o no trabajar. No teníamos otra opción. Desde el punto de vista del alumno, la decisión incluso a día de hoy es la misma; o estudiar en la distancia o no estudiar.

Pero cuando hablamos de distancia, la distancia online no es la que marca la diferencia en las clases sino la distancia social que tenemos que mantener. Es esa distancia la que realmente puede afectar al aprendizaje de idiomas en aquellas etapas educativas en las que la interacción con los compañeros permite realizar actividades enriquecedoras para el alumnno. Ya no es posible hacer actividades colaborativas, utilizar juegos de mesa o caminar por el aula a pesar de los beneficios que pueden aportar este tipo de clases a los alumnos. Este es el auténtico drama de la enseñanza actual, el distanciamiento social, no que las clases tengan que ser a través de una plataforma de enseñanza. La falta de contacto es la que dificulta el aprendizaje. También es verdad que esas actividades sólo se realizan con un grupo de edad muy concreto, normalmente hasta las 12 años entonces, ¿por qué ese rechazo a las clases online?

Vemos a la enseñanza online como el enemigo cuando en realidad este sistema aporta infinidad de cosas positivas y que, bien hecho, nada tiene que envidiar a las clases presenciales. Las teleformación nos ha permitido continuar con el aprendizaje. Nos han dado la posibilidad de vencer obstáculos tan comunes como la falta de tiempo o el cambio de residencia para no tener que parar la formación en ningún momento. Culpamos a las clases online de que los alumnos no aprenden igual pero no nos damos cuenta de que ahora mismo, con las normas que tenemos que seguir, el aprendizaje en el aula tampoco es el mismo y olvidamos algo tan básico como que un alumno que no aprende con las clases a distancia es posible que tampoco aprenda con las clases presenciales porque no se puede enseñar a quien no quiere aprender. La falta de interés del alumno es el único obstáculo insalvable pero la solución a él no es la presencialidad sino despertar ese interés y crear un hábito de estudio al alumno.

Pero veamos ahora ese detalle importante que he mencionado: este sistema no tiene nada que envidiar a las clases presenciales si está bien hecho. No se puede dar clase online con malos recursos. Un sonido defectuoso, una mala conexión a internet o tener una cámara enfocando a una pizarra o a un cuaderno aportando una visibilidad pobre son factores que convierten una clase online en una clase incómoda para los sentidos creando rechazo al aprendizaje. Un buen profesor, la selección de contenidos adecuados y el uso de buenos recursos son también igual de importantes por lo que los medios técnicos, tecnológicos y humanos deben ser de calidad para tener clases de calidad. No vale todo para dar clases a distancia pero para las clases presenciales tampoco.  Somos más permisivos cuando asistimos de manera presencial  sin darnos cuenta de que todos los detalles son importantes. Las clases online han desnudado la enseñanza exponiendo sus carencias y permitiendo ver en todo momento cómo trabaja un profesor. No permiten ocultar lo que hasta ahora quedaba en el aula lo cual tampoco puede verse como algo negativo para los alumnos sino como un seguro de calidad del servicio que se ha contratado.

En definitiva, hemos perdido la posibilidad de socializar con los compañeros antes y después de la clase, algo que sin duda es gratificante y en muchos casos un aliciente importante para querer estudiar y no abandonar hasta conseguir nuestros objetivos pero por desgracia no son tiempos para las relaciones personales. Aprovechemos que sí lo son para el crecimiento personal y el aprendizaje. La enseñanza online ha venido para quedarse.

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